sábado, 2 de julio de 2011

Héroes Comunes

Quise comenzar este relato con una frase memorable, alguna de esas que quedan por los años y siguen siendo usadas, de las que marcan al lector para siempre. Realmente no lo logré, así que inicio mi historia sin opulencia, pero con una sensación de esperanza por lo vivido. No todo está perdido, eso lo entendí ayer.

Iba camino a casa como de costumbre, atrapado en el ciclo infinito de la rutina, autómata sin mirar a los lados. Dependiente del día a día y cautivo como muchos otros del temor, paranoico de todo y de todos a mí alrededor.


Al bajar del bus, como si alguien me siguiera, caminé paso redoblado hacia la vereda que cruzo para llegar a la calle que conduce a mi hogar. Un paso conocido de la ciudad por ser peligroso (como cualquier lugar de alguna ciudad grande que puedas imaginar), cueva de ladrones y refugio para quienes ejercen ese oficio.


Justo al comienzo del camino un anciano intentaba subir uno de los escalones (si, leíste bien, intentaba). Aparentemente los años no fueron buenos con aquel hombre al que aún un simple escalón parecía una montaña. Noté que llevaba un par de bolsas de mercado, grandes y de notable peso.


Pasé por su lado sin mediar palabras, casi corriendo. A medio camino vi a un joven detenerse, al igual que mi persona había pasado al lado del hombre sin parpadear, el joven regreso y con voz amable miró al anciano. Puedo ayudarle señor – le dijo –. Aquel anciano sorprendido del gesto asentó con la cabeza. No podía creer que alguien se compadeciera de su carga. También a mi me costó creer lo que veía.


Dos desconocidos, dos personas que viven en la misma ciudad y nunca se habían visto antes, respirando el mismo aire que respiras en este instante. Dos seres que oportunamente estaban en el mismo lugar en el instante apropiado, uno para servir, otro necesitado de ese servicio.


El muchacho llevaba un bolso en su mano, bastante grande, tomó la carga del anciano con la otra mano y lo llevó hasta su destino una cuadra más adelante. En silencio seguí al joven aún sorprendido por lo que había hecho.


Al dejar al anciano en el lugar al que dudo podría llegar por si mismo siguió su camino y se perdió entre la gente.


Probablemente no vuelva a ver a aquel joven que ayudó al anciano, probablemente el anciano tampoco, pero nunca olvidaré la lección que con un gesto tan sencillo aprendí en un instante. La sabiduría puede venir de la mano de un niño si aprendemos a oír su voz.


Es bien conocido por todos el contexto humano del que somos protagonistas. Guerras, hambre, miseria de alma, indiferencia, dejadez, son algunas aristas que dan forma al presente. Es una realidad no sólo en Latinoamérica, nuestro mundo global nos ha traído problemas globales y responsabilidades globales.


Vivimos sin vivir, ajenos al mundo que nos rodea, nada más y nada menos que una pérdida generalizada. Perdemos los valores que nos hacían distintos a los animales, mientras estos demuestran esos valores ya casi extintos de nuestra raza. Justificamos nuestra falta de solidaridad con temor, temor a ser asaltado, secuestrado, temor al qué dirán. Para cualquier persona ayudar a otro es insignificante, para quien recibe esa ayuda un simple gesto puede afectar positivamente su universo, puede hacer la diferencia.