Murió en la mente del que pensó que allí era inmortal, saciada de lágrimas y horror a un cuarto para las dos. En el cuerpo olor y sabor perdidos, vagando cual velero sin timón.
Muerta, tirada en una esquina donde nadie la recuerda. Muerta, si, pero viviente. Viviendo para luego morir y renacer otra vez hasta que el sol se ponga, y amanezca viva. Viva y dispuesta a morir diligentemente de su propia mano.
Renace para volver a morir suicidándose con balas de acordes y palabras de hiel. Abre los brazos al barquero ansioso por su paga, volviendo a nacer al llegar el alba.
Respira cual amanecer de versos y melodías mil. Quedándose un rato más para tomar un café. Se sienta a la diestra discretamente, trastornando todo lo que dejó al morir.
Mortandad que en ocasos olvida la muerte y renace entre colores que fueron suyos y ya no. Muerte que se divierte con los mortales haciendo creer que pueden matar el recuerdo.
Máquina quemando combustible; frena, acelera, se detiene, marcha nuevamente. Gira la faz sin tener quien la detenga. Arena que no perdona el rostro y aún está aquí.
Duerme a lo lejos, deja caer el velo que separa a las sombras como un hilo. Deja tocar el alma y no el cuerpo en una caricia que te robe el aliento. Duerme en un suspiro y apaga la luz, regresa con manos limpias de dudas y vuelve a dormir una vez más.
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