lunes, 20 de agosto de 2007

La Batalla

Al amanecer enfrentó al verdugo que constantemente le acosaba. Con paso firme le miró fijamente a los ojos y sonriendo le dijo: Buenos días. Su oponente no respondió. La presencia del adversario llenó de oscuridad el lugar.


En el momento menos pensado el funesto oponente le atacó de manera inclemente, sangre y sudor mezclados con el calor de la batalla, ambos hicieron despliegue de ciencia y destreza en el combate. Nunca dejaron de mirarse, casi podía sentirse el latir intenso de ambos corazones redoblando al compás de la guerra.


Al final el cansancio hizo mella en ellos, ambos tiraron sus espadas en señal de rendición. El nefasto verdugo sacó de su solapa un filoso puñal y lo clavó en la espalda de su semejante de la forma más vil. Después de verle tirado en el suelo la tierra entera escuchó su risa macabra como salida de ultratumba. El verdugo huyó triunfante al ver la agonía y el intenso dolor que había causado.


Una doncella que caminaba por el lugar se apiadó del infortunio que la batalla con ese ser le había causado a aquel hombre. Le llevó a su aposento y sanó sus heridas. Al sentir su fuerza regresar se despidió de ella y salió en búsqueda de aquel verdugo que le atormentaba, no para vengar su afrenta, fue a frenar la perversa profesión de ese personaje que con pasión procuraba desolación y muerte al mundo.

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