Apacible, callada, mirada fija esperando las luces que han de guiarla a casa. Media sonrisa para ocultarse de la multitud, maquillaje ensuciando el rostro, opacando lo perfecto.
Sentada sobre su cama reposa como quien espera con paciencia, condena del artista al dejarla presa de la inmortalidad. Seduciendo al universo ve caer uno a uno los granos de arena, congelada en el mismo sitio desde hace tantas lunas atrás.
Fría, inmóvil, negada a derramar una lágrima, inmune al paso del implacable. Casi puede oírse el lamento de su pena, sintiendo su aliento vibrar como queriendo romper en llanto.
Salida de un sueño, ubicado en algún lugar mítico apartado de los simples. Labios color de mañanas, despertares en febrero con olor a jazmín. Mejillas delicadas, flores en botón, inalcanzables a los mortales.
Ropa que no logra esconder lo evidente. Una mano interrumpida al momento de jugar entre largos hilos color de noches. Simetría delineando cada detalle, líneas dibujadas a mano de manera magistral.
Ojos claros exhibiendo profunda tristeza, destellos del alma que se esconde detrás de la puerta. Aroma de mujer engalana la imagen, dándole vida al lugar. Todos le miran detenidamente cual aparición, todos menos uno.