Labios danzantes irrumpen la escena. Violentos, impetuosos, luego cálidos, gentiles. Tiernamente se rozan probando cada centímetro justo antes de estallar nuevamente. Tempestad y calma a ratos, unos más cortos que otros.
Sonido de respiración entrecortada, profunda bocanada de aire. Suspiros a montones para luego continuar la faena. Incesantes, voraces, fieros, implacables. Deseosos del deseo, cansados de desear, desesperados por dejar su huella.
Sabor a perfume y maquillaje amarga al paladar sin incomodar. Sabor a miradas certeras como lanzas en pleno día. Sabor a sed, calor en noche de invierno. Sabor a ganas, a vida y muerte entremezcladas en dosis desordenadas.
Sonidos que alteran los latidos, cerraduras y puertas dan voces de alerta.
¿Qué hay en besos robados? ¿Qué de la sensación en el pecho, el temblor en las manos?
Animales nocturnos asechándose entre un mar de gente. El tiempo corre para todos, deteniéndose en dos.
El reloj gira y aún no dan las nueve. Detrás de la puerta se esconde la que despierta con el reflejo del sol al son del deseo, negando lo evidente para seguir ocultando lo que grita su piel.
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