¿Y si se sienta a mi lado? Eso pregunté a mi cabeza cuando la vi subirse al bus. Antes de cruzar la avenida sentí su mirada posarse junto a esa extraña sensación estar expuesto, asechado. Volteé rápidamente y allí estaba. Si me permites un momento trataré de describir la imagen que guardé de ella. Cabello suelto, lentes oscuros, jeans ajustados y una sonrisa que desarmaría al más despiadado, presencia imponente y buen gusto por el perfume; una de esas chicas que te hacen voltear dos veces.
Seguí caminando, paso redoblado, curioseando de reojo solapado por lentes oscuros, tratando de ver a través de los suyos. Llegué a la parada primero, me miró detenerme, la miré venir hacia mí, sensaciones aumentadas y sentidos alerta cual soldados. El bus se detuvo, me subí pensando en la brisa riñendo con su pelo y ella con él, danzando cual bandera. Media sonrisa al saberse observada, manos sudorosas al saberme descubierto.
Sacudía su cabellera una vez, dos veces más, tres veces y entendí en juego. Lentamente y con firmeza asía su cabello a manera de invitación, entre miradas y gestos que hablaban como gritos a viva voz transcurrían los segundos ralentizados, como si fuera posible meter el tiempo en la heladera y verlo congelarse.
Siempre he pensado que la seducción es el arte de las féminas. Su ADN tiene la información necesaria para complicar lo sencillo, convirtiéndolo en una tempestad de sabores agridulces, intoxicantes, adictivos. No digo que sea así, sólo que la experiencia aún no me demuestra lo contrario.
Me senté en el primer asiento como de costumbre, afectado por la visión de instantes atrás. Sentí el bus detenerse por un momento, ella subió, caminó el pasillo buscando los asientos siguientes al mío. Una extraña sensación de alivio y decepción por un momento cuando de pronto su mano en mi hombro llamó. ¿Puedo sentarme contigo? – Dijo. Puesto en pie le cedí el asiento de la ventana para sentarme luego a su lado.
Al levantarme miré el bus vacío, dos o tres pasajeros muy atrás y el resto de las butacas disponibles. ¿Por qué sentarse a mi lado? Creo que continúo haciéndome la misma pregunta aunque ya la tengo un tanto desgastada.
Quitándose los lentes me miró fijo. Hermosos ojos detrás de ellos. ¿Recuerdas la ocasión en que viviste algo inesperado? ¿La recuerdas?
Perturbada por el calor tomaba aire profundamente. Mostrándose inquieta por la intensidad del día en pleno buscó acercarse a mí, evitando ser molestada por la luz de la ventanilla. ¿Quieres este asiento? – pregunté rápidamente tratando de ser cortés. Nuevamente la media sonrisa iluminó el lugar. Con voz suave dijo que estaba bien allí, insistí un par de veces más, a lo cual respondió de la misma manera que al principio.
Entre un par de apretones y empujones por la imprudencia del conductor fue rompiéndose el hielo. Una mirada, un roce, media sonrisa de su parte, una completa de la mía. Las palabras huyeron por un momento mientras jugueteando dos adolescentes conocen una ilusión.
Cuando regresaron las ausentes hablamos como amigos entrañables, miradas fugaces y roces nunca dejaron el lugar. Entre líneas nos dijimos tanto y tan poco. Recuerdo claramente que no recuerdo qué me dijo. Coincidimos en el destino de nuestro viaje, al bajarnos el bus me regaló la última media sonrisa y tomó sentido contrario a donde me dirigía.
Y eso es todo. No hay segunda parte, números de teléfono ni nada de esas cosas. Sin embargo acostumbro tomo el bus en el mismo lugar a la misma hora cada vez que puedo, tratando de encontrarla para decirle que me hizo sonreír ese día y muchos de los siguientes.
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