jueves, 27 de octubre de 2011

Semana 8. Rincón

Los años cayeron sin avisar, sin pedir permiso. Lunas enteras desde la última vez que pisó ese cuarto olvidado. Se sintió como aquella vez en el parque, entre relatos de su padre y de lo que sería sin ser. Un Déjà vu de cada latido, cada sensación aumentada, el llanto del último adiós, su ausencia. Amó sus besos tanto como al dolor que quedó.

Ganó menos de lo que recordaba, perdió más de lo que creía. Mesa atestada de aromas atractivos, sabores olvidados por muchos, colores intensos que unen los cables con un código particular, figuras en tonos tristes como de libro viejo.

Arenas corriendo con lágrimas a cuestas, ojos que no miran las siguen. Reloj que marca otra hora y gira una vez aunque no quiera saberlo, aunque no quieras saberlo. Lo material prepara su equipaje, la sustancia se queda a hacerle compañía. Otra vuelta para entender que la belleza de lo cotidiano.

Volvió en pie al lugar de donde salió de rodillas, mirando las marcas de batallas perdidas. Nostalgia por no permanecer en pie, compasión por el aparente vencedor. Respiro hondo cargado de energía, como quien busca algún rastro en el ambiente. Camino lejano casi inhóspito, abandonado. Veredas en ruinas, castillos de arena atacados por el mar fuerte.

Media sonrisa dibujó su rostro, como quien vive y muere en un fragmento para vivir nuevamente. Sentado en silencio, imperturbable, quieto, como quien espera noticias de guerra. Puesto en pie con el ímpetu de un adolescente continuó sin mirar a sus espaldas, manteniendo esa media sonrisa y una extraña mirada de paz.

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