Ambos estaban en el mismo lugar, mismo momento pero en dimensiones o universos distintos. Mismas preguntas, similares respuestas, algo que no concuerda en la ecuación, algo sigue igual.
Se veía tranquila, un poco incómoda al bajar. Cruzó la calle como de costumbre, esta vez sintiendo la ausencia de quien nunca se fue. No esperó al bus con asientos disponibles, no tenía con quien compartirlo. Se subió al primero que vio, callada, pensativa, como quien extraña algo que nunca quiso.
Una extraña sensación de calma invade el ambiente, silencio sin ánimos de oscuridad, simple calma cargada de paz aparente, cosa extraña al alma. Seguridad violada tras mil intentos de fuga, luces encendidas develan partes que nunca vi en esta habitación, insignificantes detalles que completan historias muertas años atrás.
La puerta estaba abierta. Nunca se acercó al cerrojo, cual niña a la que ordenan alejarse de algo sin dar un por qué. No le enseñaron a temer, ni esconderse de las manos cálidas y un corazón amante. Ella decidió ser lo que es, lo que fue, buscó su soledad a toda costa.
Obtuvo lo que quiso y se fue. Quiso amar por la puerta del frente, a la luz del universo y gritarlo como se gritan las verdades. Se conformó con la puerta por donde se saca a los cautivos, reino de miradas que hablan y besos a escondidas. La sedujo el atractivo de lo prohibido.
Cruzó las veredas que a diario andaba, pensando como nunca en una imagen ajena a quien ahora se sienta en su mesa. Respiración entrecortada recordando aquella sinfonía que los separó, meditando en caminos condenados por quienes pretenden dirigir siendo ellos mismos morada de rufianes, mofa de miles.
Llegó al lugar donde aún permanece, ese apartado donde es extraña al mundo, donde nadie conoce su ser. Se alejó de todo y de todos, a la sombra de huesos secos en parajes que nadie gusta andar. Sentada en la orilla de lo que solía ser cuna de amantes, castillo de sentimientos, morada de virtud y resplandor.
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